Terror sonoro
Vivir entre sirenas en Israel y la Ciudad de México
Desde que comenzó la guerra de Israel contra Irán el 28 de febrero de 2026, me he preguntado sobre las similitudes en los efectos psicológicos que causan los alertamientos antiaéreos y sísmicos en ciudades como Tel Aviv o Haifa y la Ciudad de México. Sin pretender comparar una situación de guerra con eventos telúricos naturales, me parece plausible interpretar que ambas poblaciones se encuentran sometidas a alguna forma de estrés y ansiedad prolongada producida por experiencias asociadas a sonidos que alertan de inminentes riesgos o tragedias. Es por ello que me dispuse a revisar distintas investigaciones en la materia, tanto en México como en Israel, para comparar las similitudes y los efectos de estos terrores sonoros.
En ambos contextos, los sistemas de alertamiento funcionan como dispositivos diseñados para salvar vidas, pero al mismo tiempo pueden convertirse en detonadores de malestar psicológico persistente. La evidencia acumulada en estudios de ambos países sugiere que estos sonidos no son neutros, pues en muchos casos se integran en la memoria emocional de las personas como señales de peligro extremo.
Sin embargo, uno de los hallazgos más consistentes es que el trauma no se origina en el sonido en sí, sino en la experiencia vivida alrededor de ese sonido. En el caso israelí, investigaciones recientes muestran que la probabilidad de desarrollar trastorno de estrés postraumático (TEPT) depende más de la intensidad del miedo subjetivo experimentado durante la activación de la sirena que de la cercanía objetiva de un misil o de un impacto. Por lo tanto, no es únicamente el evento físico lo que estructura el trauma, sino la vivencia emocional que cada subjetividad construye a partir de la expectativa de un peligro inconmensurable.[1]
Esta distinción entre exposición objetiva y miedo subjetivo es clave. El sonido de la sirena funciona como un marcador emocional que condensa la percepción de amenaza, activando respuestas fisiológicas intensas incluso en ausencia de daño material directo. En términos de procesamiento psicológico, el estímulo auditivo se convierte en un nodo dentro de una red de memoria que conecta sensaciones corporales, imágenes mentales y significados de muerte o supervivencia.
Los estudios en ambos países han sido rigurosos en la medición de estos fenómenos. En Israel, por ejemplo, se han utilizado escalas basada en criterios del DSM-5 (Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales de la Asociación Americana de Psiquiatría) que evalúa síntomas de reexperimentación, evitación, alteraciones cognitivas y estados de hiperalerta mediante escalas de Likert. En México, investigaciones con personal de salud de centros hospitalarios de la Ciudad de México y población afectada por los sismos de 2017 han empleado instrumentos similares para medir ansiedad, estrés agudo y TEPT en distintos momentos.[2]
Estos diseños han permitido identificar no solo la intensidad del trauma, sino también su duración. En el caso mexicano, se ha documentado que entre el 8% y el 21% de los profesionales de la salud estudiados presentaban síntomas de estrés postraumático un mes después del sismo de 2017. No obstante, ciertos estímulos —particularmente el sonido de la alerta sísmica— pueden generar incomodidad incluso un año después.[3]
En Israel, donde la exposición no es episódica sino continua, los efectos tienden a ser más prolongados. La literatura describe una condición de “inseguridad crónica”, en la cual los individuos mantienen niveles elevados de ansiedad incluso en periodos sin ataques. El trauma, en este contexto, no se activa únicamente con un evento, sino que constituye una condición psicológica sostenida.
Esto me lleva a una primera conclusión: tanto en la Ciudad de México como en muchas ciudades de Israel, la expectativa de que en cualquier momento puede sonar la alerta sísmica o una sirena antiaérea ha condicionado a la población a desarrollar un estado de ansiedad latente asociado a estos sonidos. La simple exposición repetida a sistemas de alerta, combinada con la expectativa de que el evento puede ocurrir, es suficiente para alterar el equilibrio psicológico. En Israel, por ejemplo, las sirenas que se activan durante ataques nocturnos han sido asociadas con trastornos del sueño, fatiga y deterioro funcional de largo plazo.
Algo similar puede observarse en experiencias mexicanas relacionadas con sismos. El 6 de septiembre de 2017, por ejemplo, como inicio de una serie desafortunada de eventos, el sistema de alertamiento sísmico en la Ciudad de México sonó a causa de un error. Millones de personas desalojaron viviendas y oficinas en espera de un sismo que nunca llegó.[4] El evento se convirtió en motivo de bromas y molestias por la interrupción de las actividades y por haber encendido en vano las alarmas de la ciudad.
Sin embargo, al día siguiente —el 7 de septiembre— la alerta volvió a sonar cerca de la medianoche. Era un miércoles laborable y muchas personas se encontraban dormidas o preparándose para hacerlo. Nuevamente, millones desalojaron sus viviendas en un contexto de incertidumbre, influido por la experiencia del día anterior, que había predispuesto a la población a pensar que se trataba de otra “falsa alarma”. No obstante, en esta ocasión el sismo sí ocurrió y fue catalogado por el gobierno como uno de los más intensos registrados en los últimos cien años.[5]
Aunque no se reportaron víctimas mortales en la Ciudad de México, la alerta sísmica ya había demostrado ser una herramienta eficaz para la prevención de desastres. Sin embargo, de manera simultánea, comenzaba a adquirir una carga emocional significativa, marcada por la incertidumbre: no se sabía si el sismo realmente ocurriría ni cuál sería su intensidad. En este contexto, el sonido de la alerta dejó de representar únicamente una posibilidad de resguardo para convertirse también en la anticipación de una experiencia potencialmente aterradora.
La cúspide de este episodio de terror se produjo el 19 de septiembre del mismo año, apenas doce días después, cuando uno de los sismos más devastadores desde 1985 impactó a la Ciudad de México. En esta ocasión, la dinámica cambió de manera significativa. La alerta sísmica no se activó de forma preventiva, sino hasta que el movimiento ya estaba en curso.
Las semanas siguientes estuvieron marcadas por una tensión generalizada. Muchas personas consideraron abandonar la ciudad, trasladarse temporalmente a viviendas de familiares en construcciones de menor altura o, incluso, optaron por dormir en sus automóviles para evitar permanecer en espacios cerrados. Con el paso de los días, se volvieron frecuentes los trastornos del sueño, las crisis de ansiedad y los episodios de mareo interpretados como posibles indicios de un nuevo sismo.
Desde entonces, la alerta sísmica en la Ciudad de México dejó de ser únicamente un instrumento de prevención para convertirse en un símbolo de la catástrofe, recordando a la población que, incluso con estos sistemas, los fenómenos naturales pueden derivar en desenlaces trágicos. Aunque desde 2017 no se ha registrado un evento de magnitud comparable, las respuestas ante cualquier señal de alertamiento sonoro han reconfigurado ciertos comportamientos y han dado lugar a predisposiciones emocionales específicas en la población. De hecho, el trauma ha sido tan evidente que se han desplegado campañas en internet para recabar firmas con el fin de cambiar el sonido de la alerta.[6]
Afortunadamente, la alerta sísmica no se activa de manera cotidiana en la Ciudad de México, lo que permite atenuar los efectos postraumáticos durante periodos sin actividad sísmica relevante, aunque no desaparezcan por completo. No obstante, es plausible plantear que una exposición prolongada a estos estímulos podría generar efectos psicológicos persistentes, capaces de derivar en dinámicas comportamentales que incluso alteren la forma en que las personas perciben, organizan y proyectan su vida cotidiana.
Esto ya sucede en Israel. Un estudio desarrollado por investigadores de distintas universidades en aquel país,[7] centrado en civiles expuestos a los ataques masivos con cohetes desde Gaza durante la operación “Guardián de los Muros” en 2021, muestra que la exposición prolongada a los alertamientos antiaéreos genera efectos que van más allá de la ansiedad inmediata. En particular, se observa que las personas con TEPT tienden a modificar sus comportamientos económicos, privilegiando la gratificación inmediata sobre el ahorro y mostrando una mayor aversión al riesgo en donde el trauma altera la percepción del tiempo. El futuro se percibe altamente incierto e impredecible, lo que desplaza la atención hacia el presente y reconfigura las decisiones económicas y financieras.
En la Ciudad de México, aunque no se han documentado cambios estructurales tras los sismos de 2017, sí emergieron narrativas de temor asociadas a la vivienda y a la adquisición de bienes en el sector inmobiliario. Muchas personas expresaron dudas sobre adquirir inmuebles en edificios altos, y algunas consideraron salir de la ciudad.
Los efectos postraumáticos, sin embargo, no son homogéneos. Estos pueden estar mediados por el género, el nivel socioeconómico y la edad. En México, el personal de salud, por ejemplo, presenta niveles elevados de estrés asociados al alertamiento sísmico debido a su exposición constante al sufrimiento humano. Los niños, por su parte, desarrollan formas de reexperimentación y ansiedad que pueden persistir durante meses, aunque con cierta tendencia a la recuperación.[8]
En Israel, las diferencias son aún más marcadas cuando se consideran factores socioeconómicos. La población beduina, que vive en aldeas y enfrenta condiciones de infraestructura y vivienda más precarias en comparación con los judíos urbanos, presenta tasas significativamente más altas de TEPT. Paradójicamente, los estudios han mostrado que la falta de sistemas de alertamiento y el escaso acceso a refugios antiaéreos adecuados incrementan su sensación de vulnerabilidad y exacerban el terror.
De hecho, uno de los hallazgos más contraintuitivos en estudios con poblaciones beduinas concluyó que la ausencia de sistemas de alertamiento sonoro puede ser más traumática que su presencia. Las personas que no cuentan con sirenas o protocolos de protección reportan mayores niveles de ansiedad debido a la sensación de indefensión absoluta. En otras palabras, el aviso, aunque angustiante, introduce un margen de control fisiológico y emocional.
Este punto resulta especialmente relevante para el debate en México —sobre todo en redes sociales— donde existen posturas críticas hacia la alerta sísmica, ya sea por su sonoridad o por su uso en simulacros. La evidencia en Israel sugiere que, pese a su carga emocional, los sistemas de alertamiento reducen el miedo en comparación con escenarios donde no existe ningún tipo de aviso. La clave, entonces, no es eliminarlos, sino acompañarlos de educación que fortalezca la sensación de agencia y control.
Otro efecto notable del uso constante de alertamientos sonoros es la generalización del miedo ante la percepción de sonidos similares. Las personas condicionadas comienzan a reaccionar ante sonidos que se asemejan a los de las alertas. Sirenas de ambulancias, alarmas de autos e incluso electrodomésticos pueden interpretarse momentáneamente como señales reales de peligro. Este fenómeno se acompaña de pensamientos intrusivos, especialmente en momentos de vulnerabilidad como la noche.
En México, durante las semanas posteriores a los sismos de 2017, esto se expresó incluso en el humor cotidiano: bromas sobre no dormir “en calzones” ante la posibilidad de tener que evacuar rápidamente reflejan una internalización del riesgo en la vida diaria. El chiste funciona como un mecanismo de procesamiento, pero también revela la persistencia del miedo.
En el caso israelí, es posible que la intensificación reciente del conflicto contra Irán haya exacerbado estos procesos de miedo, terror y trauma. Para el momento de publicación de este artículo, las guardias revolucionarias islámicas iraníes habían anunciado 89 oleadas de bombardeos contra Israel y países vecinos en 32 días de conflicto; es decir, casi tres por día.
Con esta frecuencia, los ataques con misiles iraníes —frecuentemente ejecutados durante la noche— han generado condiciones propicias para trastornos del sueño, estados de hiperalerta y fatiga crónica en ciudades como Haifa y Tel Aviv. Las poblaciones israelíes se ven constantemente interrumpidas por alertamientos tanto sonoros como digitales en sus teléfonos móviles, así como por la necesidad de desplazarse de inmediato hacia refugios. Esta imposibilidad de desconexión, tanto auditiva como digital, prolonga y profundiza el estado de estrés.[9]
Esto conecta con una dimensión contemporánea del problema que también comienza a observarse en México: la multicanalidad. Hoy, la alerta —ya sea antiaérea o sísmica— no se limita a los altavoces en el espacio público, sino que también se despliega en dispositivos móviles, generando una cascada de notificaciones que mantiene al individuo en un estado de vigilancia constante. En este contexto, la interrupción de la vida deja de ser episódica para volverse estructural.
Como se ha observado en Israel, a largo plazo estos procesos pueden erosionar la capacidad funcional de las personas, debido a que la fragmentación de la atención, la fatiga y la ansiedad sostenida afectan la productividad, las relaciones sociales y la toma de decisiones. El trauma, en este sentido, se infiltra en la vida cotidiana de maneras sutiles pero persistentes. Y, aunque en México faltan estudios sobre los efectos psicológicos y emocionales prolongados de la alerta sísmica, es razonable suponer que los sistemas de alertamiento han producido una forma de “ansiedad sonora” que se ha integrado como parte de nuestra cultura urbana.
Por lo pronto, el debate sobre la modificación de la alerta sísmica en México debería desplazarse del intento por suavizar su sonido o reducir su presencia —por ejemplo, evitando simulacros— hacia una agenda más sustantiva de educación cívica, gestión de la ansiedad y construcción de capacidades de desconexión en contextos de riesgo.
La evidencia comparada sugiere que la ausencia de sistemas de alertamiento genera mayores niveles de miedo e indefensión que su existencia, por lo que el reto no radica en eliminarlos o transformarlos en versiones más “amigables”, sino en aprender a convivir con ellos sin que erosionen de manera permanente nuestra estabilidad emocional. Pero mientras ese aprendizaje colectivo termina de consolidarse, quizá la recomendación más sensata sea mantener los pantalones al lado de la cama durante la noche. No resolverá el problema del trauma, pero al menos hará menos caótica la huida cuando vuelva a sonar la ciudad.
[1] Shvartsur, R., & Savitsky, B. (2024). Civilians under missile attack: post-traumatic stress disorder among the Jewish and Bedouin population of Southern Israel. Israel Journal of Health Policy Research, 13(38). https://doi.org/10.1186/s13584-024-00625-9
[2] Jiménez-López, J. L., Ángeles-Garay, U., & Arena-Osuna, J. (2019). Estrés Postraumático en médicos residentes posterior a los sismos de Septiembre 2017 en México. Revista Mexicana de Psiquiatría y Salud Mental, 1(2), 45-51
[3] Sandoval García, A. M., Enríquez Estrada, V. M., & Corlay Noriega, I. (2019). Trastorno por Estrés Postraumático posterior al sismo de septiembre 2017 en personal de Enfermería en el Hospital de Especialidades del Centro Médico Nacional SXXI. Revista Mexicana de Psiquiatría y Salud Mental, 1(3), 87-96
[4] Quadratín México. (2017, 6 de septiembre). Se activa alerta sísmica en CDMX; falsa alarma, dice PC. https://mexico.quadratin.com.mx/se-activa-alerta-sismica-en-cdmx-falsa-alarma-dice-pc/
[5] Centro Nacional de Prevención de Desastres. (2019, 9 de septiembre). El sismo de mayor magnitud en casi cien años en México. Sismo de Tehuantepec, 7 de septiembre de 2017. Gobierno de México. https://www.gob.mx/cenapred/articulos/el-sismo-de-mayor-magnitud-en-casi-cien-anos-en-mexico-sismo-de-tehuantepec-7-de-septiembre-de-2017
[6] Change. Org “Cambiar el sonido de la alerta sísmica en la Ciudad de México”: https://www.change.org/p/cambiar-el-sonido-de-la-alerta-s%C3%ADsmica-en-la-ciudad-de-m%C3%A9xico
[7] Bayer, Y. M., & Shtudiner, Z. (2023). Sirens of Stress: Financial Risk, Time Preferences, and Post-Traumatic Stress Disorder - Evidence from the Israel-Hamas Conflict. [Manuscrito no publicado / Documento de investigación]. Ben Gurion University of the Negev / Ariel University.
[8] González-Arratia López-Fuentes, N. I., Torres Muñoz, M. A., & González-Arratia Visoso, F. (2021). Estrés postraumático, ansiedad, afrontamiento y resiliencia en escolares tras el terremoto de 2017 en México. Psicología y Salud, 31(1), 15-24. https://doi.org/10.25009/pys.v31i1.2672
[9] Ariel, Y., & Levy, E. C. (2025). Always on, always anxious: sirens, alerts, media exposure, and civilian impairment during the Israel-Hamas War. Israel Affairs. https://doi.org/10.1080/13537121.2025.2573683

